Desde El Exilio

La belleza en mi carne se posa como esa cera transparente que lustra los vacíos.

No soy ajena a mí, la ciega manta de los años cubren las pulcras imperfecciones.

El lugar exacto del sacrificio lo delimita un reguero de insectos volando panza arriba y si digo tu nombre una llaga resbala por el altar hasta perderse en el infinito.

La tierra está partida en dos o en mil pedazos, ¿adónde ir con la niebla agazapada en el pecho?

Pedí socorro y no escuchaste el grito.

Levanto amaneceres con un cuerpo funerario que no es mío -como una ceremonia a solas con la muerte-

y resucito a tientas, exhibiendo, al ladrido de un perro o a la piedad de una nube tu complicidad en este abismo.

¿Quién era yo posada en el estanque a golpes de martillo?

¿De dónde surgí hirviente con la velada luz del faro que sostenía tu mano?

Nómbrame, deshabitado y minúsculo, nómbrame en la sombra como nombra la soledad a sus discípulos cuando tu mar desaparezca.

Tu gloria fue una estatua de sal que al mirar mis huecos se hizo añicos.

La desolación de todos los principios

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